La Navidad y Psicología
Navidad y heridas invisibles
Cuando las fiestas reabren el pasado
Para muchas personas, la Navidad es sinónimo de unión, celebración y alegría. Las luces, los villancicos y los reencuentros familiares evocan una atmósfera de calidez y esperanza.
Sin embargo, para otras, estas mismas fechas pueden despertar ansiedad, tristeza o incluso un profundo malestar. Y es que cuando existen heridas de la infancia no resueltas, las fiestas familiares pueden convertirse en un escenario donde viejos dolores vuelven a sentirse tan vivos como antes.
Aprendemos desde pequeños que valemos por lo que logramos, no por lo que somos. Pero cuando nuestro valor depende del resultado, siempre habrá algo más que alcanzar, algo que falta.
Revivir el pasado
El peso emocional de volver al mismo lugar
La infancia no se queda atrás solo porque crecemos. Las dinámicas familiares, los roles que asumimos y las emociones no expresadas suelen reactivarse cada vez que volvemos a esos espacios donde aprendimos —consciente o inconscientemente— cómo amar y cómo defendernos.
Una cena navideña puede ser suficiente para despertar sensaciones de rechazo, invisibilidad o culpa. Tal vez se revive el esfuerzo constante por agradar, la tensión ante un comentario crítico o el silencio incómodo que oculta lo que nunca se dijo. En esos momentos, el cuerpo recuerda lo que la mente creía haber superado.
La paradoja de la “familia feliz”
Las fiestas también pueden ser difíciles porque social y culturalmente se espera que “todo esté bien”. La presión por mostrarse alegre, perdonar o compartir con quienes han causado dolor puede generar culpa o confusión.
Esa presión emocional lleva a muchas personas a cuestionarse:
“¿Por qué no puedo disfrutar como los demás?”
“¿Por qué me cuesta tanto estar aquí?”
La respuesta suele estar en la historia. Si en la infancia no hubo un entorno seguro, la familia no representa consuelo, sino amenaza emocional. Y no hay celebración que cure eso de un día para otro.
Cuidar de uno mismo también es celebrar
Sanar también puede ser un acto de amor
Sanar las heridas de la infancia no siempre implica reconciliarse con todos, sino reconciliarse consigo mismo. Significa reconocer que mereces seguridad, respeto y cariño, incluso si eso implica tomar distancia o cambiar tus formas de celebrar.
A veces, el mayor regalo navideño es la paz que surge al darte permiso de priorizarte.
No todas las familias son lugares seguros, y no todas las navidades tienen que ser perfectas. Recordar eso es un acto de madurez emocional. Las fiestas pueden doler, pero también pueden ser una oportunidad para sanar, elegir distinto y construir vínculos que sí abracen, sin herir.


